viernes, 7 de marzo de 2014

En la marea de turbantes


Los católicos tienen El Vaticano, los musulmanes, La Meca. Y los sijs, Amritsar. Cada año acuden por decenas de miles a esta ciudad del Punjab indio (recibe más visitantes que el Taj Mahal de Agra) para postrarse ante el más sacrosanto de sus gurdwaras,como llaman a sus lugares de culto: el Harmandir Sahib, es decir, el templo de Dios, más conocido mundialmente como Templo Dorado.
Es objeto de fervor para los 23 millones de adeptos de esta religión monoteísta que combina elementos del hinduismo y del islamismo. Aunque el lugar justifica por sí solo el viaje de 480 kilómetros desde Delhi: basta de sobra para redimir a ojos del visitante esta ciudad de 1,1 millones de habitantes, a primera vista más bien cochambrosa. Al llegar a Amritsar, por tanto, mejor tomar sin más dilación un rickshaw para adentrarnos por el polvoriento casco viejo y aproximarnos, en medio de un flujo intenso de peregrinos y de un oleaje de turbantes, al santo lugar.
Antes de entrar, primero hay que dejar fuera los zapatos, limpiarse los pies en un pequeño estanque y cubrirse (hombres y mujeres) la cabeza con un pañuelo. Ya está uno listo para mezclarse con la muchedumbre y franquear, apretujado, una de las puertas que dan al recinto. Son cuatro, una por cada punto cardinal: simbolizan la universalidad del lugar, que pretende ser, como el sijismo mismo, abierto a todos y desde cualquier procedencia: a todas las razas, creencias o clases sociales.
Al irrumpir en el gran recinto, totalmente a cielo abierto, la sensación es impactante: con su parte superior cubierta por placas de oro y su base de mármol blanco impoluto, el templo central brilla al sol, islita resplandeciente en medio de un gran estanque, la Piscina del Néctar (amrit,en sánscrito, que dio su nombre a la ciudad). En torno al agua, miles de peregrinos, ellos con los turbantes, ellas con el sari, deambulan (en el sentido de las agujas del reloj) por un ancho camino de circunvalación también de mármol. Se viene en familia, pero la atmósfera casi mística no impide a los niños corretear y gesticular, mientras los padres cogen el móvil para sacarse la foto. Retratarse con uno de los (poquísimos) visitantes extranjeros está muy de moda: los sijs son muy cordiales con el que viene de lejos para visitar su lugar más venerado.

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